Con insultos no hay partido

   “Este fin de semana voy a una guerra”. Está frase hecha es oída semana tras semana entre los árbitros. Partidos donde a uno lo insultan desde el primer minuto, donde hay máxima tensión, donde hay que aguantar de todo. Pero el campo de batalla en los últimos años ha cambiado. Antes, los problemas estaban en el fútbol aficionado, en el de adultos. Hoy, la mayor parte de incidentes se los lleva el fútbol base. Increíble, pero cierto.

   En las últimas semanas, esta sinrazón se ha llevado al extremo. La noticia de la agresión en León parece que ha conmocionado a la sociedad. Pero no nos engañemos. Este fin de semana, a lo mejor, nos encontramos una cierta calma. Durará poco. Porque más allá de la cada vez menos excepcional violencia física, existe una deplorable violencia verbal.

   Los árbitros de fútbol base, en su mayoría menores de edad, aguantan expresiones intolerables semana tras semana. Aunque son receptores de estas vejaciones, no son las únicas víctimas. Los niños a los que arbitran reciben una clase semanal de mala educación de sus padres o de los padres de otros. Una actividad tan necesaria y beneficiosa para los jóvenes se está volviendo en su contra.

   El deporte parece que se ha convertido en el único sitio donde el insulto es gratis. Forma parte del paisaje. Nada se hace para cambiarlo. De nada sirve que hagamos constar en acta lo que escuchamos del público. No habrá sanción. Si la hubiese, los clubes dirían que están indefensos ante la conducta de sus aficionados. Si suspendemos el partido, nos dirán que no hay motivo si no peligra nuestra integridad física.

   En España, como en otros países, se consiguió atajar con una notable eficiencia, el problema de los insultos racistas. Un acuerdo en 2005 entre árbitros, jugadores, Federación y Consejo Superior de Deportes llevó a la firma de un protocolo de actuación en el que, entre otros compromisos, se faculta y obliga a los colegiados a detener el encuentro momentáneamente para acallar este tipo de ofensas, que son señaladas en acta y sancionadas con dureza. Llegado el caso y siempre como última vía, incluye la suspensión del encuentro

   Nunca hubo que llegar tan lejos. Los aficionados tomaron conciencia por una doble vía: unos porque se dieron cuenta de su bochornosa conducta y otros porque sabían que estaban perjudicando a su club. De hecho, cuando por megafonía piden que cesen los insultos racistas, todo el estadio se vuelve contra esos hinchas idiotas. ¿Por qué no aplicar algo similar en el fútbol base?

   Estamos hablando de partidos de chavales de seis, ocho o doce años, jugados entre palabras por las que cualquier padre cambiaría el canal de la tele. Insultos que no se permiten emitir en horario infantil. Sin embargo, en la actividad en las que los niños muestran toda su ilusión, se permite y se asume con cierta normalidad. ¿Hasta cuándo?

   Por los padres civilizados que entienden el deporte como un espacio idóneo para la educación de sus hijos. Por los entrenadores que inculcan a sus jugadores el respeto a adversarios y árbitros. Por los árbitros, que como personas, no se merecen ser vejados por sus errores. Pero sobre todo… ¡por los niños! Acabemos con esta lacra que crece año a año: la violencia en el fútbol base. Y para ello, entre otras muchas medidas posibles, proponemos una: que los partidos se paren cuando haya insultos. Un minuto, dos minutos, lo que haga falta para poner en evidencia a unos pocos que estropean el trabajo de otros muchos. En ese clima, no puede haber deporte infantil. Cuando se callen, continuamos. Firma esta petición y apoya esta demanda:

http://www.change.org/es/peticiones/a-las-federaciones-de-f%C3%BAtbol-que-los-partidos-de-f%C3%BAtbol-base-se-detengan-cuando-haya-violencia-verbal

Fuente: www.arbitro10.com

   Esto sí es una medida para luchar contra la violencia, comenzando por el fútbol base, ¿la tomará en serio alguna federación? Cada fin de semana que pasa es tarde para algún compañero.

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